Esta es la historia de dos amantes, amantes de la vida,
amantes del amor hacia la vida.

Ella, la golondrina, no era para nada bonita, era oscura y
desgarbada. Pero había algo que le hacía especial. Volaba de aquí para allá.
Era nómada del viento. Consigo llevaba sus alas a cada viaje. Éstas iban
perdiendo plumas viejas y, a la vez, iban apareciendo nuevas con cada
experiencia. Quería volar más y más alto, para llenar sus alas de nuevas
plumas, para dejar atrás las viejas aventuras.
El pez era hermoso, brillante y colorido. Vivía en una
pecera, encima de un viejo piano, muy cerca de una ventana que daba al mar
mediterráneo. Su sueño era saltar, salir de esa cárcel de cristal, y
alcanzarlo. Pero la realidad le hacía imaginar que era imposible que él, tan
pequeño e insignificante, pudiera dar un salto tan grande como para llegar al
inmenso charco.
Un día, en uno de sus viajes, la golondrina hizo una parada
cerca de la ventana del pez. Éste, en uno de sus intentos por saltar más y más
alto la vio, ahí posada, limpiando sus alas y mirando hacia el mar infinito. Saltó
más y más para mirarla, observarla durante menos de un segundo en el aire, y
volver a saltar. Ella se acercó a su ventana y se miraron. Entonces la
golondrina decidió pasar por su ventana todos los días, durante unos minutos
para ver a su nuevo amigo. Él cada vez saltaba más y más alto.
Un día, después de haber estado semanas visitando al pez, la
golondrina logró entrar por el hueco entreabierto de la ventana y tocó la
pecera con su pico. Lo siento, me tengo que ir, debo continuar mi viaje.
"¿Pero a dónde te
diriges?, ¿Me podrías llevar contigo?".
"No lo sé, sólo sé que mi
tiempo aquí ha terminado, tengo que descubrir nuevos mundos, nuevos rincones,
nuevas peceras".
"Llévame contigo, me subiré a tus alas."
"Lo siento."
Volveremos a ser amantes, otra vez, le dijo la golondrina al
pez.
Continuará…